martes 28 de agosto de 2007

Para entender un poco a Carver...

Fragmento del programa contrasentidos dedicado a la literatura, sección titulada café con libros. En este caso se trata de la obra del escritor norteamericano Raymond Carver. Para los que no saben mucho de él, para que los que saben y quieren oir más, para los que no quieren saber sino lo que otros dicen, para los perezosos, para los curiosos, para todos...

domingo 26 de agosto de 2007

Mecánica popular

jueves 23 de agosto de 2007

¿De qué hablan los que hablan en Carver?


Hay historias que escuchamos muchas veces, que parecen ser una única historia vivida por muchos, o quizá muchas historias vividas por un solo hombre que sabe muy bien cómo contarlas. Esto lo pensé cuando me presentaron a Carver, cuando hace tiempo escuchaba a alguien contándome sobresaltada, extasiada, historias que no eran de ella. Así lo dijo alguna vez. Las grandes historias no me sorprenden, sí, son trágicas, son duras, lo son tanto que los detalles pueden perderse, que no recordamos después la lámpara encendida de aquella escena, el gesto en la cara de aquél personaje, su manera de pararse, de moverse, de abrir una puerta. Las historias simples, no por ello pequeñas, en cambio, bien contadas nos dan un lugar en ellas, nos ofrecen una silla para sentarnos y verlas como si fuéramos parte de ellas. Parece que el escritor hubiera pensado en el lugar del lector, como si le hubiera preparado los cojines en algún sillón, una taza de café, un lugar en la mesa. Podemos ser uno de ellos, pues la cercanía que logramos con esa cotidianidad dicha casi con nuestras palabras, nos invita a pasar sin tocar la puerta y pedir permiso. Pasa esto con Carver, y cuando lo leí por primera vez entendí por qué ella sintió la obligación de aclarar que esas historias no eran de ella, pues se podía prestar a confusiones. Qué pasa en tal o cual cuento es difícil de explicar, ya que - aparentemente – muchas veces nada pasa. Pasa más bien que hay un evento, un “pequeño” suceso que está envuelto de gestos, de frases cortas, de movimientos habituales, de repeticiones. Quizá muchos de ellos no tienen consecuencias ni grandes desenlaces. Quizá muchos de ellos se repitan toda la vida o se queden suspendidos – olvidados – como si nada. Lo cierto es que los recordamos completos, desde la aspiradora que pasaba Myers cuando sonó el teléfono, hasta el ¿quieres hacer el favor de callarte por favor? que gritó Ralph desde el baño a su esposa. Son seres que toman café, que llaman por teléfono, que encienden cigarrillos, que conversan, y mientras tanto, en esa cadena de cotidianidades, cuentan una historia. Parece que los perseguimos por toda la casa mientras mueven objetos, abren puertas, disuelven el azúcar del café o caminan por alguna calle. Esperamos atentos algún giro decisivo, algo que rompa el ritmo de esas rutinas, pero en el camino se suman otras, quizá las rutinas de otros, y nada extraordinario parece ocurrir. Allí reside su misterio, en esa tensión que nos mantiene atentos aún con la certeza de que nada sorprendente va a pasar. Sonreímos cuando llegamos a la frase que sirve de título, cuando la hallamos en algún diálogo, en la boca de un personaje; y ya no podemos imaginarla de otra manera. Allí se sostiene la narración, precisamente allí, cuando los personajes hablan y - de la manera más natural - sumergidos en su situación, le guiñan el ojo a su autor y sueltan aquél título que tanto nos había intrigado; nos sentimos conducidos – no engañados – a un final inadvertido justamente por predecible. En esa mirada donde lo simple deja de serlo y adquiere una anchura y una grandeza inexplicables, donde las respuestas llanas sorprenden por descartadas o menospreciadas, aparecen los personajes de Carver para atreverse a contar sus “pequeñas” tragedias, o para decirnos que no hay historia que no merezca ser contada.

Mover o pasar ligeramente las hojas



Hace pocos días llegó a mis manos el libro Carver Country (The world of Raymond Carver). Es mío. Me lo regaló un amigo. Inmediatamente lo revisé, estuve largo tiempo mirando los lugares por donde Carver caminaba, los lugares que frecuentaba, estuve mirando sus amigos, familiares, los espacios íntimos donde escribió gran parte de sus historias. Por supuesto no he querido parar, he mirado tratando de encontrar el secreto de sus cuentos, de sus poemas. Todos los objetos que lo acompañan en las fotos, los observo como si de allí pudiera salir o me pudieran revelar algo acerca de mi vida. Este regalo ha sido una doble alegría, en primer lugar por tener acceso a un mundo (el mundo personal de Carver) antes desconocido para mí, y en segundo lugar porque lo he leído a través de de las palabras de un hombre que ha estado desde siempre a mi lado, entonces comienzo a conocer a Carver con las palabras más íntimas, más personales y más autenticas de mi vida. No me atrevo a hacer un comentario respecto a este libro, sólo lo observo y trato de reconstruir la vida de un hombre. Todas las fotografías son hermosas. Hay una en especial que me conmueve: aparece Carver con una caja de cartón en la cabeza caminando sobre la nieve, a un lado hay un perro que sin saberlo posa a la cámara mientras mira lo que sucede. Parece que Carver se dirigiera a su casa, pero también parece que ya estuviera en ella, no lo puedo saber pero presiento que se estaba riendo, que fue un momento de absoluta felicidad. Carver en ese momento no sabía que justo a su lado había unos ojos que lo seguían, pero los personajes de sus cuentos sí lo saben. Desde antes lo han presentido. Sigo pasando las páginas. Veo los rostros de sus amigos. Son seres auténticos. Me detengo en un rostro. Uno de los más hermosos. Tess Gallagher. Por sus facciones puedo ver que el tiempo ha sido implacable, y puedo ver también que a pesar de todo conserva la risa. Es una risa y una felicidad llena de dolor. Trato de pensar por qué ríe, y por qué esa risa me causa tanta tristeza. Sigo pasando las páginas y más adelante me encuentro que Carver ha escrito el siguiente texto: “Una vez me acosté en la orilla del río con los ojos cerrados,/ escuchando el sonido que producía el agua,/ y el viento en la copa de los árboles./ El mismo viento que sopla en el Estrecho, pero también un viento diferente./ Por ratos me imaginaba que había muerto/ y no estaba tan mal, por lo menos por un par/ de minutos, hasta que entonces realmente penetraba: MUERTO./ Y cuando estaba allí con mis ojos cerrados,/ justo después de imaginarme cómo sería si de verdad/ no me despertara nunca más, pensaba en ti./ Abría los ojos, me ponía de pie/ y regresaba para ser feliz de nuevo./ Te estoy agradecido, lo ves? Te lo quería decir.” Se lo escribió a la mujer de la fotografía, a Tess Gallagher. En cierto sentido creo que lo entiendo completamente. Ahora conozco algo de esa mujer: su mirada. Más adelante encuentro una fotografía de Carver y por el otro lado de la misma hoja, una fotografía de su madre. Entre las dos imágenes veo una sola mirada que me mira a pesar del tiempo.

domingo 12 de agosto de 2007

Lección de Poesía



Lección de Música








Do,

re,

mi,

fa,

sol,

la,

si.

Si?

Sí,

mi,

sol;

sí.



Jairo Aníbal Niño
LA ALEGRÍA DE QUERER. 1986.

martes 7 de agosto de 2007

Un poema de mi infancia

La pobre viejecita
Rafael Pombo

Érase una viejecita
Sin nadita que comer
Sino carnes, frutas, dulces,
Tortas, huevos, pan y pez
Bebía caldo, chocolate,
Leche, vino, té y café,
Y la pobre no encontraba
Qué comer ni qué beber.

Y esta vieja no tenía
Ni un ranchito en que vivir
Fuera de una casa grande
Con su huerta y su jardín

Nadie, nadie la cuidaba
Sino Andrés y Juan Gil
Y ocho criados y dos pajes
De librea y corbatín

Nunca tuvo en qué sentarse
Sino sillas y sofás
Con banquitos y cojines
Y resorte al espaldar

Ni otra cama que una grande
Más dorada que un altar,
Con colchón de blanda pluma,
Mucha seda y mucho olán.

Y esta pobre viejecita
Cada año, hasta su fin,
Tuvo un año más de vieja
Y uno menos que vivir

Y al mirarse en el espejo
La espantaba siempre allí
Otra vieja de antiparras,
Papalina y peluquín.

Y esta pobre viejecita
No tenía que vestir
Sino trajes de mil cortes
Y de telas mil y mil.

Y a no ser por sus zapatos,
Chanclas, botas y escarpín,
Descalcita por el suelo
Anduviera la infeliz

Apetito nunca tuvo
Acabando de comer,
Ni gozó salud completa
Cuando no se hallaba bien

Se murió del mal de arrugas,
Ya encorvada como un tres,
Y jamás volvió a quejarse
Ni de hambre ni de sed.

Y esta pobre viejecita
Al morir no dejó más
Que onzas, joyas, tierras, casas,
Ocho gatos y un turpial

Duerma en paz, y Dios permita
Que logremos disfrutar
Las pobrezas de esa pobre
Y morir del mismo mal

domingo 5 de agosto de 2007

Juego


Desde pequeña conocí el poder de la palabra. Ella fue mi hermana, vecina, prima y amiga en muchas tardes de infancia. Sin explicación alguna un cuaderno roto y sucio y un lápiz mordido se convirtieron en los mejores aliados de esas tardes de juego. Las telenovelas me hicieron entender que en la vida habían historias que no eran impredecibles, que habían otros tipos de historias, unas que algo las conducía, y ese “algo” era una persona mágica y encantadora que podía hacer de esos seres de la pantalla grande y enorme de mi sala, lo que quisiera. Así, mi cuaderno se convirtió en las múltiples y posibles resoluciones que tenía de esas historias. Era un placer poder lograr que con mi lápiz esas personas de la tele hicieran lo contrario a lo esperado. Hicieran lo que yo quisiera. Así, jugaba con todos, no sólo con los de las novelas, sino también con los miembros de mi familia y los entretejía en un gran cuento. De todos los lugares de la casa el preferido era el cuarto de chécheres, ese era el lugar donde podía esconderme para que nadie viera lo que hacía. Allí, entre los chécheres, habían abandonados y sucios dos libros, los dos únicos libros que teníamos en la casa: “Cuentos Completos” de Rómulo Gallegos y “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes. Recuerdo que la primera vez que escuché la historia del Quijote la contó mi hermana una noche que estábamos cenando, ella no lo recuerda –afortunadamente-, pero yo no la olvidé, y en medio de las arepas recién salidas del horno experimenté una sensación extraña, una tristeza inusual, no fui la única, aunque nadie se detuviera a pensar en lo que sentía, todos estábamos extrañados, todos estábamos trastocados. Sé que mi mamá compró ese libro y mi hermana nunca lo leyó pero sabía la historia porque su maestra se la había contado y ella tuvo la necesidad de contarla en esa hora donde se hablaban las cosas importantes, la única hora en la que mamá estaba en casa. Cuando comencé a leer los “cuentos completos” soñaba con paredes ensangrentadas y relojes que me acorralaban, no sé si esos sueños tenían que ver con los cuentos, pero es el único recuerdo que me acompaña desde entonces. Entonces allí, en ese cuarto, iba a leer y a fastidiar a mis primos en esas líneas de azul claro que sólo yo podía hacer. Era un juego que me encantaba. Yo mandaba, y para la niña más pequeña de la casa “mandar” no era una cosa que se podía hacer con mucha frecuencia. Así, cuando mami me comenzó a traer las maquetas que dejaban los estudiantes de arquitectura para que jugara, fui feliz. Tenía calles, plazas, casas, edificios y ciudades enteras para mí y para mis historias. Esas miniaturas hacían de mí una persona grande y poderosa, una diosa del juego, la mejor, nadie podía decir ni hacer nada que yo no quisiera. Era perfecto. Así inventaba historias, tenía espacios enormes para mí y todo lo que hacía era crear en medio de esas tardes de silencio y soledad. Mi infancia fue perfecta. Hasta que un día comencé a pensar que yo era parte de ese juego, que había un ser poderoso que controlaba mis movimientos y mis palabras, alguien que escribía mi historia y la de los otros, a partir de allí ya no me gustaba jugar, y de repente volví a la historia impredecible y conocí el final del juego.

viernes 3 de agosto de 2007

Cortázar, maestro del juego

La foto salió movida
Un cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías. Así es que este cronopio se aflige horriblemente y corre a mirarse al espejo, pero como el espejo esta algo ladeado lo que ve es el paragüero del zaguán, y sus presunciones se confirman y estalla en sollozos, cae de rodillas y junta sus manecitas no sabe para que. Los famas vecinos acuden a consolarlo, y también las esperanzas, pero pasan horas antes de que el cronopio salga de su desesperación y acepte una taza de té, que mira y examina mucho antes de beber, no vaya a pasar que en vez de una taza de té sea un hormiguero o un libro de Samuel Smiles.



Julio Cortázar (Historias de cronopios y de famas)

piedra, papel o tijera



Pero lo que más me agradaba era quedarme
a solas, sin testigos, para desatar las palabras
de su significado, para soltarlas; repetía en
voz alta una palabra cualquiera y la seguía
repitiendo,a veces en grito pleno, a veces
en susurro, hasta que perdía todo contenido,
toda referencia a las cosas.
Briceño Guerrero

“Juegos de manos, juegos de villanos”, decía mi madre al advertir movimientos algo toscos cuando jugaba con mis hermanos. Amarrarle un cordón a un carrito y salir al patio, entre la maleza y la tierra húmeda, a creer que se recorre el mundo. Eso es lo que hacíamos – y creo que aún lo hacen, ojalá - los niños: creer. Saltar la cuerda dos, cinco, diez veces y creerse invencible por ello. Hacer piruetas con las manos a la vez que una canción memorizada era cantada a coro por cuatro manos perfectamente sincronizadas. ¿Cómo es que el cacique Guaicaipuro fue capaz de matar a su mujer? No importaba, y sin embargo, aquello era celebrado y cantado con la alegría de un circo. A de amarillo, m de morado, o de oro, r de rosado, ¿qué era esto sino una ovación a la palabra? Creíamos en nuestra adultez momentánea con el solo gesto de llevar unos tacones que bailaban en el pie, con la cartera llena de objetos innecesarios: creyones, un par de medias, una tiza, un casette dañado, un peine, una pelota de plástico, otra cartera más pequeña, un espejo. Nuestra infancia está llena de objetos insólitos, de palabras que riman, de olores confundidos con el sudor de las escondidas y el jugo de la tarde. Un cubo de colores siempre desordenados, que ni los grandes lograban armar frente al desafío de verlo cada vez más caótico, más alterado. Seguramente tenemos mucho de tragedia y trastorno en nuestras infancias, pero lo importante es que no nos dimos cuenta. No sabíamos que caperucita era tan terrible, ni que Alicia podía causarnos tanto daño, ni tampoco que leer la cabaña del tío Tom era tan irreverente, no sabíamos qué significaba la palabra “irreverente”. No sabíamos tantas cosas que éramos felices. El intentar ir más allá, el querer saber un poco más de las cosas, de lo que muestran las apariencias, te quita la fe. Dejas de creer, irremediablemente dejas de creer.
No sé si los niños de ahora crean tanto y en tantas cosas como nosotros, los de mi generación; lo que sí sé, no sin tristeza, es que los de antes practicaban mucho más que nosotros la feliz miseria de la fe. Creer en los seres únicos, en las respuestas fáciles, en lo que hay de simple en las comidas, en el olor a lápiz quemado o a útiles nuevos; en fin, creer en lo que es porque aparece, porque está: el día de clases, la merienda, el chocolate que te ganaste, los maestros, los padres. Quizá las cicatrices que dejaron las bicicletas sean un indicio de nuestra credulidad, de nuestra certeza de ser invencibles. Quizá hubo alguien que nos dijo alguna vez del peligro que significaba salir, estar en la calle, pero nosotros hacíamos como si nada nos dijeran y salimos, y hacíamos todo por salir, por estar en la calle. El ahorcado sólo lo era en el papel, en las letras que no encontrábamos, en las líneas que iban dibujando su muerte. Y nos reíamos. Las palabras – aún sin saberlo – eran contundentes, irrefutables. La mayoría de nuestros juegos estaban basados en ellas. Ya Briceño Guerrero se ha encargado de mostrarlo maravillosamente en Amor y terror de las palabras, donde nos muestra, sobre todo, la fe en las palabras. Nadie dudaba de su poder evocador, de lo que ellas hacían aparecer o desaparecer. Era sencillo, las cosas más trascendentales se resolvían a través de ellas: era piedra, papel o tijera; y en tres intentos todo estaba decidido. Ahora pensamos, si pudiéramos decidir de esa manera, qué fácil sería todo. Pero no podemos. ¿No podemos? A lo mejor sí, y hemos asumido otra forma de jugar, mucho más seria, menos simple: la literatura. Por ella creemos en las palabras, en lo que dicen, en el poder que ellas poseen. Ojalá pudiéramos resolver lo que nos asusta o nos amenaza con un piedra, papel o tijera; ojalá las cosas fueran más simples, ojalá nos atreviéramos a ser niños toda la vida, quizá todo sería menos duro, y no andaríamos por ahí tan defraudados, tan decepcionados, tan incrédulos.