
Pero lo que más me agradaba era quedarme
a solas, sin testigos, para desatar las palabras
de su significado, para soltarlas; repetía en
voz alta una palabra cualquiera y la seguía
repitiendo,a veces en grito pleno, a veces
en susurro, hasta que perdía todo contenido,
toda referencia a las cosas.
Briceño Guerrero
“Juegos de manos, juegos de villanos”, decía mi madre al advertir movimientos algo toscos cuando jugaba con mis hermanos. Amarrarle un cordón a un carrito y salir al patio, entre la maleza y la tierra húmeda, a creer que se recorre el mundo. Eso es lo que hacíamos – y creo que aún lo hacen, ojalá - los niños: creer. Saltar la cuerda dos, cinco, diez veces y creerse invencible por ello. Hacer piruetas con las manos a la vez que una canción memorizada era cantada a coro por cuatro manos perfectamente sincronizadas. ¿Cómo es que el cacique Guaicaipuro fue capaz de matar a su mujer? No importaba, y sin embargo, aquello era celebrado y cantado con la alegría de un circo. A de amarillo, m de morado, o de oro, r de rosado, ¿qué era esto sino una ovación a la palabra? Creíamos en nuestra adultez momentánea con el solo gesto de llevar unos tacones que bailaban en el pie, con la cartera llena de objetos innecesarios: creyones, un par de medias, una tiza, un casette dañado, un peine, una pelota de plástico, otra cartera más pequeña, un espejo. Nuestra infancia está llena de objetos insólitos, de palabras que riman, de olores confundidos con el sudor de las escondidas y el jugo de la tarde. Un cubo de colores siempre desordenados, que ni los grandes lograban armar frente al desafío de verlo cada vez más caótico, más alterado. Seguramente tenemos mucho de tragedia y trastorno en nuestras infancias, pero lo importante es que no nos dimos cuenta. No sabíamos que caperucita era tan terrible, ni que Alicia podía causarnos tanto daño, ni tampoco que leer la cabaña del tío Tom era tan irreverente, no sabíamos qué significaba la palabra “irreverente”. No sabíamos tantas cosas que éramos felices. El intentar ir más allá, el querer saber un poco más de las cosas, de lo que muestran las apariencias, te quita la fe. Dejas de creer, irremediablemente dejas de creer.
No sé si los niños de ahora crean tanto y en tantas cosas como nosotros, los de mi generación; lo que sí sé, no sin tristeza, es que los de antes practicaban mucho más que nosotros la feliz miseria de la fe. Creer en los seres únicos, en las respuestas fáciles, en lo que hay de simple en las comidas, en el olor a lápiz quemado o a útiles nuevos; en fin, creer en lo que es porque aparece, porque está: el día de clases, la merienda, el chocolate que te ganaste, los maestros, los padres. Quizá las cicatrices que dejaron las bicicletas sean un indicio de nuestra credulidad, de nuestra certeza de ser invencibles. Quizá hubo alguien que nos dijo alguna vez del peligro que significaba salir, estar en la calle, pero nosotros hacíamos como si nada nos dijeran y salimos, y hacíamos todo por salir, por estar en la calle. El ahorcado sólo lo era en el papel, en las letras que no encontrábamos, en las líneas que iban dibujando su muerte. Y nos reíamos. Las palabras – aún sin saberlo – eran contundentes, irrefutables. La mayoría de nuestros juegos estaban basados en ellas. Ya Briceño Guerrero se ha encargado de mostrarlo maravillosamente en Amor y terror de las palabras, donde nos muestra, sobre todo, la fe en las palabras. Nadie dudaba de su poder evocador, de lo que ellas hacían aparecer o desaparecer. Era sencillo, las cosas más trascendentales se resolvían a través de ellas: era piedra, papel o tijera; y en tres intentos todo estaba decidido. Ahora pensamos, si pudiéramos decidir de esa manera, qué fácil sería todo. Pero no podemos. ¿No podemos? A lo mejor sí, y hemos asumido otra forma de jugar, mucho más seria, menos simple: la literatura. Por ella creemos en las palabras, en lo que dicen, en el poder que ellas poseen. Ojalá pudiéramos resolver lo que nos asusta o nos amenaza con un piedra, papel o tijera; ojalá las cosas fueran más simples, ojalá nos atreviéramos a ser niños toda la vida, quizá todo sería menos duro, y no andaríamos por ahí tan defraudados, tan decepcionados, tan incrédulos.
No sé si los niños de ahora crean tanto y en tantas cosas como nosotros, los de mi generación; lo que sí sé, no sin tristeza, es que los de antes practicaban mucho más que nosotros la feliz miseria de la fe. Creer en los seres únicos, en las respuestas fáciles, en lo que hay de simple en las comidas, en el olor a lápiz quemado o a útiles nuevos; en fin, creer en lo que es porque aparece, porque está: el día de clases, la merienda, el chocolate que te ganaste, los maestros, los padres. Quizá las cicatrices que dejaron las bicicletas sean un indicio de nuestra credulidad, de nuestra certeza de ser invencibles. Quizá hubo alguien que nos dijo alguna vez del peligro que significaba salir, estar en la calle, pero nosotros hacíamos como si nada nos dijeran y salimos, y hacíamos todo por salir, por estar en la calle. El ahorcado sólo lo era en el papel, en las letras que no encontrábamos, en las líneas que iban dibujando su muerte. Y nos reíamos. Las palabras – aún sin saberlo – eran contundentes, irrefutables. La mayoría de nuestros juegos estaban basados en ellas. Ya Briceño Guerrero se ha encargado de mostrarlo maravillosamente en Amor y terror de las palabras, donde nos muestra, sobre todo, la fe en las palabras. Nadie dudaba de su poder evocador, de lo que ellas hacían aparecer o desaparecer. Era sencillo, las cosas más trascendentales se resolvían a través de ellas: era piedra, papel o tijera; y en tres intentos todo estaba decidido. Ahora pensamos, si pudiéramos decidir de esa manera, qué fácil sería todo. Pero no podemos. ¿No podemos? A lo mejor sí, y hemos asumido otra forma de jugar, mucho más seria, menos simple: la literatura. Por ella creemos en las palabras, en lo que dicen, en el poder que ellas poseen. Ojalá pudiéramos resolver lo que nos asusta o nos amenaza con un piedra, papel o tijera; ojalá las cosas fueran más simples, ojalá nos atreviéramos a ser niños toda la vida, quizá todo sería menos duro, y no andaríamos por ahí tan defraudados, tan decepcionados, tan incrédulos.
2 puntos:
Hola Anemona. Me identifico mucho con lo que escribes acerca de la infancia, la fe y las palabras. Piedra, papel o tijera me recuerda la simplicidad que eramos (en el mejor sentido) y que ahora nos cuesta tanto...ser...
(Disculpa la ausencia de acentos, pero el teclado no permite ponerlos)
Gracias...me hacia falta leer algo asi.
Gracias a ti por la visita. Saludos!
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